La hegemonía del actual sistema, el aparente triunfo del egoísmo por sobre la cooperación de los pueblos, la furia del solipsismo que aplasta y subyuga los intereses comunes nos puede remitir, como sostiene el escritor Santiago Alba Rico, a una suerte de “Imperio del Hambre”. No solo porque es aún evidente la realidad del hambre de quienes no tienen nada (ni dinero, ni trabajo, ni esperanza ya casi) sino porque coexiste también esa hambre no menos monstruosa de los que nunca tienen suficiente; el hambre de los que quieren algo y el hambre de los que quieren más y más: más poder, más dinero, más carne, más aparatos; más contaminación; más depredación; etc. Imperialismo del hambre.
Es la pérdida galopante de nuestra vocación de fraternidad, de cooperativismo y servicio lo que nos conduce, como humanidad en conjunto, y como individuos políticos en particular, a la involución de la especie, a la aniquilación económica, antropológica y ecológica.
Identificar en qué medida ha hecho metástasis este cáncer moral en nuestro entorno político partidario es tarea individual. Baste anotar que para la eficacia de semejante examen de conciencia, cada quien necesita ser cabal en identificar la responsabilidad que asume con esos actos frente a la Historia, implacable juez de los destinos humanos.
Es con esa perspectiva histórica y solidaria de la crisis mundial de nuestro tiempo que necesitamos escrutar y reformular los esquemas con los que hemos planteado la tan mentada transición generacional.
Se llama locura al hecho de esperar resultados distintos usando los mismos procedimientos una y otra vez. Locura es también creer que será posible una transición que sea capaz de encarnar en el corazón del pueblo siguiendo las maneras caducas y torpes con las que tropezamos en el pasado, persistiendo en los cacicazgos y las dinastías, relegando la esperanza de las bases a la voluntad de unos pocos, priorizando la vanidad a la vocación.
Ciertamente afuera el panorama político no es esperanzador ni mucho menos. Más aberrantes lacras han minado la credibilidad de los movimientos y partidos al punto de ser vapuleados por la masa, y haber conducido a la frivolidad de la farándula los asuntos políticos.
Pero si verdaderamente queremos marcar con un cambio generacional el paradigma que nos permita dar la pauta en el destino político de nuestra amada Patria, necesitamos desechar decididamente los lastres morales que parecen resistirse a morir en el interior de nuestro espíritu.
¡En nuestras manos está la Historia, y el juicio de las generaciones!!!
Es la pérdida galopante de nuestra vocación de fraternidad, de cooperativismo y servicio lo que nos conduce, como humanidad en conjunto, y como individuos políticos en particular, a la involución de la especie, a la aniquilación económica, antropológica y ecológica.
Identificar en qué medida ha hecho metástasis este cáncer moral en nuestro entorno político partidario es tarea individual. Baste anotar que para la eficacia de semejante examen de conciencia, cada quien necesita ser cabal en identificar la responsabilidad que asume con esos actos frente a la Historia, implacable juez de los destinos humanos.
Es con esa perspectiva histórica y solidaria de la crisis mundial de nuestro tiempo que necesitamos escrutar y reformular los esquemas con los que hemos planteado la tan mentada transición generacional.
Se llama locura al hecho de esperar resultados distintos usando los mismos procedimientos una y otra vez. Locura es también creer que será posible una transición que sea capaz de encarnar en el corazón del pueblo siguiendo las maneras caducas y torpes con las que tropezamos en el pasado, persistiendo en los cacicazgos y las dinastías, relegando la esperanza de las bases a la voluntad de unos pocos, priorizando la vanidad a la vocación.
Ciertamente afuera el panorama político no es esperanzador ni mucho menos. Más aberrantes lacras han minado la credibilidad de los movimientos y partidos al punto de ser vapuleados por la masa, y haber conducido a la frivolidad de la farándula los asuntos políticos.
Pero si verdaderamente queremos marcar con un cambio generacional el paradigma que nos permita dar la pauta en el destino político de nuestra amada Patria, necesitamos desechar decididamente los lastres morales que parecen resistirse a morir en el interior de nuestro espíritu.
¡En nuestras manos está la Historia, y el juicio de las generaciones!!!



