viernes, 28 de diciembre de 2007

Sobre el asesinato de Benazir Bhutto , miembro de la Internacional Socialista

La de Benazir Bhutto es una figura en la que las luces pesan tanto como las sombras. Sus ansias de libertad para el país que la vio nacer se entremezclan de forma confusa con las acusaciones de corrupción.

La ex primera ministra paquistaní fue la primera mujer en regir los destinos de un Estado islámico, al que regresó el 18 de octubre de 2007 con la intención declarada de llevarlo por la senda de la democracia, aunque fuera de la mano del general Pervez Musharraf. Su regreso fue trágico: un doble atentado suicida contra ella se cobró la vida de cerca de un centenar y medio de personas en Karachi. Ella salió ilesa.

Con sólo 35 años, Benazir se convirtió en 1988 en jefa del Gobierno de Pakistán tras tomar el testigo político de su padre, Zulfikar Ali Bhutto, primer ministro en la década de 1970, apartado del poder y ejecutado por el dictador Zia Ul Haq.

Atractiva y brillante, Benazir encabezó dos gobiernos (1988-90 y 1993-96), pero no logró completar ninguno de sus mandatos, presionada por acusaciones de rampante corrupción, de las que escapó optando por el exilio a principios de 1999.

Conocida por el apelativo familiar de 'Pinkie', aunque le gustaba ser llamada 'la hija del Este', Benazir nació en Karachi el 21 de junio de 1953 y recibió su formación universitaria en Ciencias Políticas en Harvard y Oxford. Con 24 años regresó a su país, donde vio a su padre derrocado por Zia en pocos meses y ejecutado dos años después, momentos en el que ella, la hija mayor, asumió la dirección del Partido Popular de Pakistán (PPP) que su padre había fundado en 1967.

Sufrió entonces largos periodos de prisión o arresto domiciliario, hasta que en 1984 partió al exilio en Londres, de donde regresó dos años después para recibir una apoteósica bienvenida de un millón de personas en Lahore. La educación occidental que recibió fue asimilada y compartida con las costumbres de su país: en 1987 se casó con Asif Zardari, en un matrimonio acordado por ambas familias. «A un matrimonio arreglado acudes con pocas expectativas, y esto, en cierta medida, hace más fácil la convivencia», razonaba Bhutto sobre su casamiento.

La muerte del general Zia en un accidente de avión en agosto de 1988 y la celebración de elecciones la catapultó al poder el 2 de diciembre de ese año, pero el 6 de agosto de 1990 el presidente Ishaq Khan la destituyó acusándola de abuso de poder, nepotismo y corrupción, disolvió la Asamblea y convocó nuevos comicios.

Bhutto recordaba aquellos momentos con las siguientes palabras: «Mi carácter es muy luchador, cuando más dificultades tengo más ganas de vencer me nacen. Cuando me arrinconan contra la pared, más puedo luchar». Volvió al poder en octubre de 1993, pero en tres años fue de nuevo destituida por corrupción, mala gestión económica y por la muerte extrajudicial de detenidos.

La líder de los pobres paquistaníes, como se la ha descrito en ocasiones, optó entonces por abandonar Pakistán para un «exilio voluntario» que sólo acabó en octubre de 2007, tras casi nueve años, después de garantizarse una amnistía del presidente Pervez Musharraf. Dejó atrás a su marido, conocido por los paquistaníes como el señor 10% por las comisiones que cobraba para facilitar contratos públicos, quien pasó varios años en la cárcel antes de unirse a ella en el exilio en 2004.

Aunque Benazir fue condenada en Pakistán, en 1999 y 2001, por corrupción y evasión de la Justicia, las sentencias fueron anuladas por tribunales superiores. Este año aún seguían abiertos varios procesos contra los Bhutto por corrupción, cuyo cierre ha ordenado Musharraf.

Pese a repudiar la dictadura de Musharraf durante estos años, en que siguió presidiendo el PPP, la principal fuerza de oposición en el Parlamento, desde el exilio en Dubai y Londres, Benazir terminó negociando con el presidente y jefe del Ejército paquistaní. Su acuerdo de reparto de poderes con Musharraf, el que fuera su enemigo, defraudó a muchos en Pakistán, que concibieron como una traición que pactara con los militares que acabaron con el Gobierno y la vida de su padre. Este pacto dio alas a quienes la habían acusado de oportunista con sed de poder.
Incluso miembros de su familia han lamentado en privado la actitud de Benazir, a la que han criticado por su testarudez e incapacidad para seguir los consejos de quienes conocen el Pakistán de hoy, pese a los muchos años, 19, que ella vivió en el extranjero. Tras su regreso, prometió devolver Pakistán a la democracia y no ocultó su intención de convertirse en primera ministra por tercera vez, tras las elecciones generales de enero de 2008, aunque para ello hiciera falta una enmienda a la Constitución supuestamente incluida en el pacto con Musharraf.

El atentado suicida de Rawalpindi, pese a la confusión inicial sobre algunas de sus circunstancias, puede haber sido obra de cualquiera en el oscuro y desquiciado Pakistán, pero tiene la impronta una vez más del fanatismo islamista, tan especialmente activo como descontrolado en la nación "de los puros". Benazir Bhutto tenía muchos enemigos, pero a ninguno de ellos en su sano juicio, comenzando por Musharraf, le interesa la brusca desestabilización de un país geopolíticamente crucial, extenso y superpoblado, el único musulmán en posesión de la bomba atómica. La naturaleza del asesinato y sus consecuencias encajan en cualquier caso a la perfección con los designios globales de Al Qaeda y sus yihadismos locales. A su regreso a Pakistán, en octubre, Bhutto, convertida desde ayer en colofón del destino trágico de su familia, había salido indemne de un atentado similar que segó casi centenar y medio de vidas.


Las implicaciones del asesinato, que de momento ya ha puesto en alerta absoluta a las tropas y fuerzas de seguridad y sembrado el caos callejero en diferentes lugares de Pakistán, van mucho más allá de la desaparición de la indiscutible líder del más importante partido laico (PPP), comprometido con los estándares políticos democráticos. Supone una de las más graves crisis en los 60 años de historia de Pakistán, un Estado rehén de sus todopoderosos generales y sometido a formidables fuerzas desestabilizadoras de carácter fundamentalista. Si las elecciones del próximo 8 de enero, destinadas a poner fin a la dictadura de Musharraf -que este mismo mes ha renunciado por fin a la jefatura del Ejército después de hacerse reelegir presidente por el Parlamento en noviembre-, tenían escaso sentido legitimador en un país que acaba de salir de la ley marcial, su celebración ahora presenta todavía mayores dificultades.


El clima de miedo e incertidumbre en el que vive Pakistán hoy no es muy acorde con la celebración de unos comicios libres y representativos, cuyo boicoteo ha anunciado además uno de los partidos clave de la coalición islamista que ganó en 2002 la quinta parte de los escaños del Parlamento de 2002. Las presiones internas (una judicatura progresivamente independiente, el hartazgo popular y la ingobernable y sangrienta frontera afgana), unidas a las de EE UU, alarmado por el imparable auge del terrorismo, han forzado a Musharraf a convocar elecciones. Amnistió a la ex primera ministra asesinada ayer y después permitió el regreso del también ex jefe de Gobierno y candidato Nawaz Shariff para otorgar alguna credibilidad a un proceso que carece de ella. Pero también hay que tener cuenta que el objetivo que persiguen los autores del magnicidio es que no se celebre elección democrática alguna en Pakistán, ni dentro de 13 días, ni nunca.
La ex primera ministra, asesinada en atentado el 27 de diciembre de 2007 era madre de tres hijos, un varón al que llamó Bilawal (1988) y dos féminas: Bajtawar (1990) y Asafa, quien nació en Londres en 1996.

Vía: El País

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